Cine: Zohan



Reseña de la película de Dennis Dugan, en La Hiedra No 8, de noviembre de 2008

No recomiendo esta película. Basta con decir que es una comedia cuyo héroe es un asesino a sueldo de los servicios secretos israelíes que hace alarde de su potencia sexual, suficiente para hacerse una idea. Confieso que la miré con la intención de criticarla, y poco después de empezar, pensaba dejar de mirarla. Pero la vi, y quedé sorprendido, no por su calidad, que es escasa, sino por la visión nada usual que ofrece de Israel y del conflicto palestino.

Para explicarme, tendré que revelar el final de la película, así que si tus planes culturales de los próximos días incluyen Zohan, será mejor que dejes de leer esta reseña ahora mismo.

Uno de los muchos fallos de Zohan es que intenta parodiar la figura del espía con glamour, estilo James Bond. El problema consiste en que las películas de Bond ya son, de por sí, parodias.

Pero lo importante es que muchos defensores de la causa palestina la han visto como una justificación de las políticas represivas del Estado de Israel. Algunos sugieren que debe ser un objetivo más de la campaña de boicot que se está organizando contra el apartheid israelí.

El boicot puede ser una herramienta muy importante, tanto en el ámbito económico como en el cultural, si se sabe aplicar con cuidado.

Zohan no es una película israelí, sino un producto de Hollywood, pero Israel sí tiene una industria cinematográfica, que tiene cada vez más proyección internacional.

Tomemos el ejemplo de La banda nos visita. Mucho mejor en casi todos los sentidos que Zohan, la película explica como un grupo de músicos egipcios llega a una pequeña ciudad israelí, nos relata la comprensión e incomprensión que surge entre ellos y los habitantes. No habla del conflicto palestino, sólo muestra a la gente israelí como a la de cualquier otro país, con sus problemas y sus momentos de felicidad.

Ésta es precisamente la función política que el Estado israelí encomienda a sus industrias culturales; no la de justificar explícitamente la represión a los palestinos, sino la de actuar como si ellos no existieran. Se trata de pasar por alto que Israel es un Estado colonial, construido sobre la limpieza étnica. Se trata de normalizar el país. Para esto está el boicot.

En este sentido, Zohan no podría ser más diferente. De una forma muy extraña, su argumento mina las bases del sionismo. Según esta ideología, la única manera en que la gente judía puede llevar una vida normal es en su propio Estado, apartada de la gente no judía.

El sueño de Zohan es hacer el viaje al revés: ir a Estados Unidos para trabajar de peluquero. Al llegar, nada es lo que esperaba. Pronto le persiguen unos palestinos que quieren hacerle pagar por lo que les había hecho en su vida anterior; los estereotipos de “terroristas árabes” están por doquier, aunque en parte la película se ríe de ellos.

Pero la locura del argumento hace que, al final, Zohan y un buscado “terrorista” palestino, el Fantasma, unan esfuerzos para defender su barrio obrero adoptivo neoyorquino contra los especuladores, y Zohan se enamora de una peluquera palestina. Ella dice estar harta de “la violencia de ambos bandos”, lo que se podría leer como una justificación del vacío “proceso de paz”. Y claro, presentar EEUU como el país de la comprensión y el amor no es muy radical.

Pero, a pesar de todas sus limitaciones, el mensaje de Zohan es que la gente judía israelí y la gente árabe no es tan diferente, una verdad que no supo ver dentro de Israel.

Para conseguir su convivencia harmoniosa, los protagonistas tuvieron que dejar atrás el Estado de Israel. Estoy seguro que esto no es lo que tenían en mente los que produjeron esta película cutre, pero es lo que muestra.

¿Si Zohan pudo encontrar la felicidad abandonando Israel, por qué el resto de su población no puede hacer lo mismo: por supuesto, no para vivir en EEUU, sino en una Palestina unificada?

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